¡Estimados compañeros de armas!

Quiero ante todo presentarme para todos los que no me conozcan y para que aquellos que me conocieron  me recuerden y sepan que les recuerdo y les aprecio.

Mi nombre es Miguel López Blancart y presté servicio en el Villaviciosa 14 desde 1985 hasta 1991. Primero cumpliendo el servicio militar obligatorio y después reenganchandome como Cabo 1º. Estuve destinado en la sección de morteros del Escuadrón Mecanizado.

Siempre recuerdo aquellos años como de los mejores de mi vida, por muchas razones. Aprendí el valor y el significado de muchas cosas que han sido muy importantes para mi desde entonces. Conocer personas de muy distintos lugares, de muy distintas clases sociales, de muy distintas formas de pensar y ser todos una sola cosa, hermanados por un tiempo de nuestras vidas en las que compartimos todo.

El Ejército  me enseñó a dedicar mi vida a algo más importante y grande que yo mismo y mi familia, a hacer que mi familia fueran personas que no conocía antes, incluso personas que nunca llegaría a conocer. Me enseñó el valor de palabras como vocación, la vocación de poner mi vida, de alguna forma, al servicio de los demás. El valor de la palabra amistad, compartir lo mucho o poco que se posea con otros y no solo bienes materiales, muchas veces se comparte tiempo, penas, alegrías, sueño, frío, hambre. Ayudar al compañero, al amigo, cuando se encuentra cansado, enfermo, apenado, desmotivado. Crear un lazo que perdura en el tiempo y en los corazones de todos con los que se ha compartido ese tiempo de servicio. Los amigos de aquellos años siguen siendo mis amigos y aunque el tiempo y la distancia nos haya podido separar siguen estando en mi mente, en mi recuerdo y en mi corazón como los mejores amigos que pudiera desear.

Palabras como honradez, la honradez de no desear nada que no haya sido ganado y merecido con esfuerzo. Palabras como humildad, pues muchas veces el servicio obliga a saberse solo uno más en algo mucho más grande e importante. Palabras como lealtad y fidelidad a un cometido como el que se nos asignaba, no se trata solo de ser leal y fiel a unos símbolos como una bandera, un escudo, un monarca, sino a lo que estos representan, ser fiel a un país y a toda su gente, defenderlos, protegerlos y estar dispuesto a darlo todo en el cumplimiento de tal cometido.

Me enseñó a tener unos ideales y actuar de acuerdo a ellos, enriqueciendo mi vida con cada servicio prestado, con cada palabra de mis superiores que demostraban que había cumplido con mi obligación tal y como se esperaba de mi. La satisfacción de saberme útil, de saberme apreciado por mi valía, por mis méritos. Con cada muestra de respeto de aquellos a mi mando por razones del servicio y que cumplieron mis órdenes de igual forma que yo cumplía la de mis superiores y que me ayudaban de esta forma a cumplir con las tareas que se me encomendaban. Formar parte de las vidas de otros de los que te haces responsable y saberte apreciado incluso cuando has de reprender o sancionar. También me enseñó a saber que incluso cuando se comete un error y se recibe algún castigo por el mismo, esto no supone nada más que errores que pueden ser corregidos y superados sin perder el valor de todo lo demás. Me enseñó a esforzarme por aquello que deseo conseguir en mi vida, a  ganarlo y merecerlo, a conocer los límites de mi resistencia física y mental, a afianzar una forma de entender la vida que merece la pena seguir y practicar.

Me enseñó  no solo a realizar una serie de tareas propias de un militar, como pueden ser las específicas del puesto táctico que desempeñaba y otras comunes a casi cualquier militar, como los desfiles, las guardias, los servicios de todo tipo. Me enseñó mucho más que todo eso, me enseñó una forma de dar valor a mi vida poniéndola al servicio de otros. Me enseñó a tener alma de soldado siempre y ponerla en todo lo que hago en mi vida. Me enseñó lo que es el espíritu de la caballería y que este no se apaga cuando uno deja el Ejército, pues estará siempre presente en nuestras vidas, en la mía y en la de todos aquellos como yo que formaron parte algún día de nuestro amado Regimiento.

El espíritu de la Caballería,

hecho de audacia y abnegación,

de sacrificio y disciplina,

no cambiará jamás,

porque es el alma misma de los jinetes…

y el alma es inmortal.

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